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Quien tenga 32 años, el 2045 apagará la vela número 60. Cálculo absurdo, si no se agrega que en esa fecha Chile pasará a ser uno de los cuatro países latinoamericanos con mayor población superior a los 60 años, o sea con un 20 % de habitantes que superan esa edad. Con esto, no sólo habrán más abuelos para saludar el día correspondiente, o fuentes de historias casi olvidadas, sino una serie de consecuencias desde el ámbito económico al de la salud. En este último, lo más preocupante es el aumento de ciertas enfermedades que tienen una directa relación con la edad, como algunos tipos de cáncer. Pero, no son esas patologías las más amenazantes, pues si bien no se ha descubierto una panacea sí existen tratamientos que aminoran e incluso acaban con ciertos tipos de sarcomas. Por eso, que muchos especialistas coinciden en que el aumento de enfermedades neurodegenerativas y especialmente del Alzheimer, es una de las situaciones más alarmantes.

Esto porque hasta ahora no se han identificado las causas para casi el 80 % de quienes padecen la enfermedad, por lo que no existe ningún tratamiento que detenga el curso de esta demencia. Además, su aparición tiene una directa relación con la edad: entre los 65 y los 85 años, el número de nuevos casos se duplica cada 5,1 años. Así, si a los 60 años se diagnostica un Alzheimer cada mil habitantes, a los 90 años aparecen 54. Otros estudios establecen que el 25 % de quienes tienen 85 años padecen la enfermedad.

Claro que la nominación de los 90 como la “década del cerebro” por parte de Estados Unidos de algo ha servido. Se sabe que entre un 20 % a 30 % de los casos tiene un origen genético, y los cromosomas responsables ya están identificados. Son el 1, el 14 y el 21, los que aparecen alterados en las formas familiares de Alzheimer, o sea cuando la enfermedad es recurrente en varias generaciones. Además, se ha reconocido un factor de riesgo genético, o sea una condición que no es determinante ni suficiente para el desarrollo de un Alzheimer familiar, pero que se asocia con algunos casos. Se trata de una macromolécula involucrada en el transporte de lípidos: la apolipoproteína E.

Los casos familiares además de diferenciarse en sus orígenes, son distintos a los esporádicos -que constituyen la gran mayoría-, por su ritmo de progresión. “Las formas genéticas son mucho más agudas y toda la sintomatología se expresa más rápido; por ello, si en los esporádicos una persona llega al estado terminal en 10 y hasta 20 años, en uno familiar esto sucede tras 4 ó 5 años”, asegura Nibaldo Inestrosa, ex- profesor de Biología Celular y Molecular de la Universidad Católica.

Otros avances reportados desde 1907 -fecha en que el neuropatólogo alemán, Alois Alzheimer, distinguió esta demencia de otras de tipo senil- tienen que ver con la identificación de las zonas exactas donde se produce la muerte neuronal. A través de autopsias cerebrales y, últimamente, por técnicas de exploración no invasivas como el escáner y tomógrafos de distinta índole, se ha establecido que es el lóbulo temporal (que se relaciona con las capacidades cognitivas, memoria y aprendizaje) y el parietal (lenguaje), de ambos hemisferios cerebrales los que están alterados en los pacientes de Alzheimer.

Si bien la pérdida de neuronas es un proceso natural -se sabe que en la edad adulta se pierden hasta cien mil neuronas por día sin afectar la intelectualidad del individuo-, en el caso del Alzheimer éste se acelera.

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Tanto así que si una persona sana presenta un 5 % menos de peso cerebral a los 70 años, un paciente de Alzheimer puede tener un 30 % menos. Basta con sumar esta pérdida con el hecho de que las neuronas no se regeneran -como sí sucede con otras células del cuerpo-, para comprender el carácter irreversible e invalidante de este tipo de demencia (ver recuadro).

Hasta ahora ninguno de los fármacos que se utilizan han logrado detenerla. Y sólo en algunos casos, como el del medicamento llamado Ticran, se ha observado un retardo del avance, pero para varios especialistas éste no ha sido significativo. Esperanzador es, en todo caso, que se haya descubierto la acción protectora de una hormona: el estrógeno. “Se había observado que en las poblaciones con Alzheimer la relación entre mujeres y hombres era de 2:3. Al principio se pensó que se debía simplemente a que en la tercera edad hay más mujeres.

Pero luego se descubrió que tenía que ver con la ausencia de estrógenos -que caen tras la menopausia-, porque al aplicar terapias de reemplazo de estrógenos a mujeres postmenopáusicas se disminuye el riesgo de contraer la enfermedad en un 40 %, e incluso hasta en un 54 % según otros estudios”, asegura Inestrosa.

Como además de la relación estadística, se comprobó la acción directa de esta hormona femenina sobre distintos componentes relacionados al Alzheimer (por ejemplo, como protectora de estructuras vinculadas al proceso de la memoria), algunas compañías farmacéuticas ya trabajan en la generación de medicamentos basados en los estrógenos. Claro que el asunto no es simple, pues para que pueda usarse en hombres se debe dar con una sustancia que contenga los beneficios estrogénicos, pero que no confiera características sexuales femeninas. En las mujeres, además, siempre se debe considerar el riesgo asociado a las terapias de reemplazo hormonal: el aumento de ciertos cánceres, como el de mamas, especialmente en quienes tienen historias familiares de tales sarcomas.

Inestrosa agrega que el beneficio de los estrógenos también se ha probado en mujeres diagnosticadas con Alzheimer, mediante la aplicación del “mini mental score”. Se trata de un test usado comúnmente en esta enfermedad para medir diversas capacidades intelectuales. Los individuos sanos obtienen entre 25 y 30 puntos, los con Alzheimer, 6. “A mujeres enfermas se les dio estrógenos regularmente, y sus valores se elevaron hasta los 14 y 18 puntos. Es cierto que no volvieron a la normalidad, pero sin duda que presentaron una mejoría”, asegura el especialista.

 

Otras investigaciones que aún no tienen una aplicación en humanos, pero que han dado buenos resultados en ratas y monos son las que se realizan en Cuba y Suecia. Científicos del Cirén (Centro Internacional de Restauración Neurológica) en La Habana, y los europeos del Karolinska de Estocolmo han logrado detener el avance del deterioro cerebral -en animales a los que se les ha inducido Alzheimer- mediante la aplicación de sustancias conocidas como factores neurotróficos, que estimulan el crecimiento celular.

También se sospecha de la acción de los radicales libres (moléculas que normalmente se producen en el cuerpo, pero que su acumulación daña a las células). Por eso se investiga si la administración de antioxidantes -que neutralizan a los radicales libres-, como la vitamina E, podría ser beneficiosa. Pero aún no arrojan resultados concluyentes.

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La acción de sustancias antiinflamatorias también está bajo estudio, pues quienes las toman regularmente -como los enfermos de lepra o con artritis reumatoídea- presentan una incidencia de Alzheimer más baja de la normal.

Ismael Mena, ex- médico nuclear de la Clínica Las Condes, agrega que investigaciones de principios de este año han demostrado que hay personas que presentan las mismas alteraciones cerebrales, que individuos con Alzheimer cuando se les analiza por tomografía, pero que no han presentado síntomas. “Un estudio que se publicó en marzo, investigó a 100 monjas a las que se les hicieron todas las pruebas de esta enfermedad mientras estaban vivas; luego de su muerte se analizó su cerebro. Hubo un caso de una que falleció a los 104 años, y que nunca presentó Alzheimer, pero cuando el patólogo analizó su cerebro, éste era indistinguible de uno con la enfermedad. Todo esto apunta a que se necesita algo más para que se desarrolle el Alzheimer, y eso puede ser un accidente vascular, un pequeño infarto”, relata Mena. En ese sentido, entonces, el uso de antiinflamatorios serviría para evitar el episodio desencadenante.

Según el especialista en neurociencias del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Chile, Ariel Gómez, la falta de actividad intelectual también se relaciona con la aparición de esta enfermedad. “En Estados Unidos se ha observado más Alzheimer en los individuos que realizan actividades manuales que en los intelectuales, también en los de estratos socioeconómicos más bajos. Claro que esto no garantiza nada”, asegura.

Gómez agrega que a los factores citados, se suman otros vínculos que se relacionan con la génesis de la enfermedad, pero que aún falta una hipótesis unitaria, que los reúna a todos. Y hasta que eso no se consiga, será imposible contar con un tratamiento capaz de detener el avance de esta demencia.

Los primeros olvidos

Frases como “nunca recuerdo dónde dejé las llaves de la casa” o “siempre pierdo mis cosas” suelen ser adjudicadas, a veces en broma y otras no tanto, al Alzheimer. Aunque es cierto que las primeras señales de esta enfermedad se relacionan con una disminución de la memoria y de las capacidades intelectuales, los síntomas propios de ésta son mucho más que un olvido casual.

“Un ejemplo de una memoria afectada por esta patología es el siguiente:

entro a la consulta, saludo al paciente y le pregunto si me conoce; él dice que no, entonces me presento; luego, salgo de la habitación por un minuto; cuando vuelvo a entrar lo saludo y le pregunto quién soy, él responde que nunca me ha visto. Así es cómo se les afecta esta capacidad. El olvidar de vez en cuando dónde dejó la cartera o las llaves, es sólo falta de atención o concentración”, asegura el neurólogo de la Clínica Las Condes, Armando Gutiérrez.

Como además se trata de una enfermedad progresiva, desde que se presentan los primeros síntomas hasta que se llega a la fase terminal pueden pasar incluso 20 años (dependiendo de la agresividad de la enfermedad). En ese período la muerte de las neuronas compromete cada vez más áreas, con lo que el paciente llega a la fase terminal con importantes restricciones del movimiento.

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De acuerdo al libro Alzheimer, información para el cuidador, recientemente publicado por especialistas de la Universidad Católica, las etapas de la enfermedad y sus características son las siguientes:

Fase inicial: A nivel cerebral es la zona del hipocampo la que se ve más afectada en esta etapa, por lo que las fallas en la memoria son características. La primera señal de inicio de la enfermedad se relaciona específicamente con alteraciones en la memoria reciente o de fijación, “las que se repiten con frecuencia variable, sin constancia”. El comportamiento también varía: individuos gentiles se tornan agresivos e irritables; otros, aparecen apáticos, pasivos y desinteresados.

También pueden aparecer las primeras desorientaciones espaciales, especialmente en lugares desconocidos. En cuanto al lenguaje, es probable que se presenten los primeros problemas: cuesta encontrar las palabras adecuadas, la duración de las frases se altera y la gramática también. Como el individuo es capaz de percibir el deterioro que experimenta durante los primeros estadios de esta fase, no deja de ser común que aparezcan depresiones.

Teóricamente, esta etapa dura de dos a cuatro años. Y dada la sutileza de algunos cambios, muchas veces no se recurre al médico con el consiguiente retraso en el diagnóstico, pues los cambios se atribuyen a “cosas propias de la edad”.

Fase intermedia: Aparecen dificultades motoras, que se observan en un caminar más lento, disminución de la masa muscular, inestabilidad postural, etc. Además, se agravan notoriamente los síntomas de la primera etapa. Aparecen las afasias (aunque los órganos vocales no están dañados, el paciente pierde la capacidad de expresión por el habla, la escritura o las señales; o le cuesta entender las palabras).

También apraxias, que pueden ser ideomotora, en que el sujeto gesticula, pero no habla; ideatoria, en que los gestos y las ideas no coinciden; o aquella en que es incapaz de entender ciertos conceptos. “Un ejemplo de esto es el siguiente: se le pide que se despida de alguien que está a más de un kilómetro y él dice “chao”; se le vuelve a explicar que está lejos, que le haga una seña, pero no sabe qué hacer; y cuando se le agita la mano en señal de saludo, no sabe qué significa ese movimiento”, explica el doctor Gutiérrez. Otro cuadro son las agnosias, en que no reconocen personas ni objetos. Por ejemplo, pueden tomar un lápiz y escribir con él, pero no “saben” qué es. También aparecen delirios de persecución, alucinaciones auditivas, y en algunos, pérdida del pudor. Es en este momento en que las quejas de robo son más frecuentes, pues ellos creen que los quieren perjudicar. Una situación parecida se da con la pareja, y suelen protagonizar escenas de celo desproporcionadas.

Esta etapa puede durar de tres a cinco años y el paciente pasa a un total estado de dependencia, y su carácter es mucho más agresivo.

Fase avanzada: En esta etapa el paciente progresa hacia un estado de postración, se hace cada vez más dependiente, pues aparece la incontinencia urinaria y fecal. Ya casi no reconoce a los más cercanos, y a veces, frente a un espejo, ni siquiera se reconoce a sí mismo.

Aparece también un estado de apatía y la incapacidad de expresarse por medio de la palabra o gestos. La duración de la etapa varía de acuerdo a la progresión de las etapas anteriores y a los cuidados que recibió en ellas.

Etapa terminal: La restricción al movimiento es continua, y terminan por adoptar una posición fetal. Se desconectan completamente del medio externo, y aparece el mutismo y el estado vegetativo. No mueren de Alzheimer, sino que de enfermedades relacionadas con la postración, como neumonía, bronconeumonía, etc.

Anexo

 


N. Castillo

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